Sociedad sin Dios

Somos víctimas de la cultura de la muerte, de una sociedad que acercándose al gran barranco solo pisa el pedal acelerador y se quita todo tipo de frenos con la intención de una muerte segura. La vida no es despreciada y se valora lo que no son valores. Dejamos que se nos impongan ideologías que nos da un grupo selecto; ni siquiera nos informamos ni pensamos, sino que aceptamos cualquier idea sin rechistar siempre y cuando eso implique pensar menos.

A la eutanasia la vemos con buenos ojos y hace tiempo rompimos la línea trazada entre el bien y el mal aceptando una ley caprichosa que solo tenía posible justificación si uno se situaba en el peor de los casos, en el de la violación que engendra bajo la sumisión perpetua de la mujer. Ni uno ni otro estaban justificados, mas seguimos queriendo darles justificación, pues si matamos tapándonos los ojos seremos incapaces de sentir dolor ajeno.

El aborto es la lacra de este siglo. Casi nadie conoce los resultados del mismo pero todos opinan, aunque se les intente dejar fuera de juego a los hombres que opinan desde el conocimiento cuando se usa la premisa de «tú no opinas porque es mi cuerpo y mi decisión».

Una vez que se unen los gametos no hay decisión que valga, objetivamente hay una nueva vida en juego. Tal vida se desarrolla con el paso del tiempo y, sin embargo, es preferible para muchos asesinarla hasta la semana decimocuarta (según nuestra ley vigente en España), lo cual implica más de tres meses de desarrollo embrionario (¡ya es un feto!). Da igual, para personas ignorantes que jamás se informaron, que quisieron que su entorno cercano abortara inducidamente antes de informarse, es insoportable escuchar una posición contraria a la suya propia, es más, aquellos que no piensen como ellos son unos monstruos (habría que ver quienes son los verdaderos monstruos).

La eutanasia es lo menos importante, no nos importan los enfermos ni salvar a nadie de un suicidio, de hecho, se toma como libre y sabia elección que alguien se quiera suicidar, sobre todo si ya ha llegado a la madurez (ni siquiera a la vejez). No hay apoyo real hacia las personas, no se les da la opción a la vida, se les propone una muerte y se les promete que será más feliz que cualquier otra. Ya ni se molestan en venderte la muerte, pues sin ideologías interpuestas, sin decisiones coherentes, con una vida de fracasos, está vendida ella sola.

Dios no existe, según ellos, y si existiera, ¿para qué? Sociedad sin Dios, incultura generalizada, la única cultura hoy en día vigente es la de la muerte que se antepone a la vida debido a la tristeza y a la carencia de valores humanos para afrontar la vida. No queremos ayuda ni queremos ayudar y si nos matan o nos animan a matarnos, sin decir «por favor», damos hasta las gracias.

Queda la esperanza de las personas creyentes, algunos reales y otros hipócritas, no creyentes, algunos destructivos y otros constructivos, que apoyan a un futuro menos aciago, a una vida en plenitud, a animar al desconsolado, a auxiliar al enfermo hasta su muerte, a no permitirle la muerte al que se quiere morir pues no siempre se está agonizando, se está deseando morir por no afrontar la vida. Dar la opción de la muerte es el primer paso para rechazar la vida. Quienes saben que la vida es un milagro o quienes se maravillan cada día por vivirla saben que el color negro no es la correcta elección de entre toda la gama.

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