Jesucristo: Yo soy el Camino

Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Jn 14, 5-6

«Jesucristo: Yo soy el Camino» lleva implícito el significado de que el único camino existente es el que Jesús establece, además este camino es de Verdad y Vida. Estos elementos son altamente importantes para los cristianos.

¿Por qué es el Camino?

Jesucristo hablaba usando metáforas y otros recursos retóricos con la intención de facilitar la interpretación a todos. Podría ser Camino porque siguiendo sus pasos se obtiene lo más grande a lo que podemos aspirar, además, porque construye puentes, da facilidad.

En Hch 9, 2 se habla de que los seguidores de Cristo son “seguidores del Camino”, y a lo largo del mismo (Hechos) se nombra así a los seguidores de Cristo. Esta denominación se convertiría más tarde en “Iglesia Católica”.

El Camino es una metáfora de una senda que nos acerca a Dios, las otras malas sendas son inexistentes, pues no llevan a nada.

Curiosidad: A los seguidores del Camino Neocatecumenal (institución católica) se los llama “seguidores del Camino”, “los del Camino”. Ellos han decidido conservar la original denominación.

¿Por qué es Verdad?

Porque no hay mayor verdad que la que vino a afirmar Jesucristo. Dios se hizo hombre y vino al mundo para darnos la mejor noticia que se puede dar, además nos dio indicaciones con la intención de acercarnos al Camino que nos lleva a la Vida.

¿Por qué es Vida?

La vida mundanal no tiene nada que ver con la Vida que da Dios, que nos libera de todo mal y de todo pesar. La frontera es humana, no divina. Asimismo, Jesucristo viene a prometernos la Vida Eterna (Jn 10, 28), la cual no es una vida cualquiera, sino el regalo más grande que se puede hacer.

Vino a traernos la Paz, no paz

En Jn 14 también dijo “no se turbe vuestro corazón”, esto significa que Cristo quiere traernos la Paz, mas esta Paz tiene como objetivo la Vida Eterna y el acercarse al Camino que es lleno de bondad, mas esta Paz es contraria a la paz terrenal. Este fragmento lo aclara:

No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. Mt 10, 34-38

Estos versículos nos animan a ser verdaderos seguidores de Cristo en el sufrimiento, aunque tuviésemos que enfrentarnos con nuestra propia familia, eso sí, sin olvidar el mandamiento del amor (también es útil aquí el “honrarás a tu padre y a tu madre”).

Que hasta nuestra familia pueda ser nuestro propio enemigo significa que la paz terrenal es variable y caprichosa, mas la Paz de Dios no lo es, esta Paz solo se consigue a través del Espíritu Santo.

En estos casos no nos debe importar tanto la paz terrenal como la divina. Pongo un ejemplo, si tu familia (o alguien que no es tu familia) te provoca sufrimiento, debes amar y ese sufrimiento vivirlo con Dios, aun sabiendo que es inmerecido. El Espíritu Santo no lo gana uno, lo regala Dios y hace que en cierto modo veamos a Dios en las personas. Lo que debe preocuparnos como personas es el orar por un buen objetivo claro; la oración debe estar guiada siempre por la Voluntad de Dios.

Nota final: Dios quiere que disfrutemos de su bondad aquí mismo en la Tierra, más el sufrimiento debemos afrontarlo pensando en Jesús.